Dinero digital ¿y virtual?

Dinero digital ¿y virtual?

Se acerca el final del año y es un buen momento para hablar de dinero. En estas fechas el dinero circula con fluidez y parece que este año hay más alegría, tras largos años de tristeza y crisis.

Voy a intentar poner un poco de luz en lo relacionado con el dinero digital: los pagos con el móvil, las aplicaciones móviles para envío de dinero entre personas, las app’s de banca móvil que pugnan por captar nuestra atención (“Digilosofía”, “la mejor app del mundo”, …) y también, cómo no, las criptomonedas (el famoso Bitcoin, el Ethereum, el Litecoin, …)

Mi punto de vista es tecnológico, de ingeniero deseoso de ayudar a que se use la tecnología en cosas útiles, de forma correcta, eficiente, eficaz, sostenible, feliz.

Yo no soy economista, ni jurista, ni sociólogo. Poco puedo explicar sobre qué es, verdaderamente, el dinero. Ni de qué implicaciones legales, psicológicas o emocionales tiene el uso del dinero.

Pero sí que les puedo compartir mi experiencia en el uso de dinero en entorno “digital” desde hace muchos años. Ya conté en estas páginas que compraba por la “red” a primeros de los años 90 (en portales de Videotexto). Conseguí pagar con mi móvil en un establecimiento hostelero de Valencia hace casi cuatro años. Por entonces el pago con el móvil estaba inmaduro y tuve que abandonar. Pero, desde el verano de 2016 estoy feliz: pago siempre que puedo con mi móvil: cafés, taxis, en el bazar chino de mi barrio, en el supermercado: cualquier cosa y cantidad.

He pagado con mi móvil español en 5 países sin problemas (bueno, algún “problemilla” sí que he tenido). Tengo instaladas en mi móvil más de 20 app’s de pago, es decir “wallets”, y de banca móvil. Algunas de estas app’s albergan hasta 5 tarjetas de débito o crédito. Además de decenas de tarjetas de fidelización, de billetes de autobús, metro, tren, o de avión o de entradas al cine.

Y puedo afirmar, sin ningún género de dudas, que el pago con el móvil es ya más seguro y más cómodo que el pago con una tarjeta de plástico y, por supuesto, que el pago con dinero en efectivo o con un cheque de papel.

Qué es el dinero

El observar cómo se están posicionando las empresas de tarjetas de crédito, los bancos, las empresas de servicios, los operadores de telecomunicación y los fabricantes tecnológicos y los grandes comercios en el escenario de pagos con el móvil, me está ayudando a entender qué es, en realidad, el dinero.

Porque yo creía que el dinero son esas monedas y billetes que aprendí a utilizar cuando era niño. Lo de las tarjetas de crédito, aquellas primeras tarjetas de VISA que emitió en España el Banco de Bilbao en 1978, se llamaron inicialmente “dinero de plástico”. Luego vinieron las tarjetas de débito, y desaparecieron las “libretas de ahorro” ¡qué tiempos!

Pero, cuando pagábamos con una tarjeta de crédito, en realidad no entregábamos nada. Y si lo hacíamos con una trasferencia o con un cheque, usábamos papeles escritos y sellados en cada momento: ¿era eso el dinero?

Entonces ¿qué era el dinero? ¿Una anotación escrita, a veces a mano, en mi “libreta de ahorro”?  ¿Un extracto de la cuenta en la Caja de Ahorros?

Exacto: el dinero es una “anotación” en la cuenta de una entidad de la que nos podamos fiar: sea un banco, una emisora de tarjetas de crédito o débito, un cheque regalo de un comercio, una ficha de un casino, un vale o cupón de una tienda.

El dinero resulta ser un medio que registra y permite almacenar e intercambiar “pedazos cuantificables de confianza” con los que podemos pagar productos y servicios.

Siempre que se pueda almacenar e intercambiar algo cuantificable de forma segura y fiable para las dos partes que realizan el intercambio, estaré usando dinero, de modo que es sencillo deducir que un intercambio seguro entre un móvil y un dispositivo de cobro es, sin duda, dinero.

Qué respalda el valor del dinero

Pero aún tenemos que entender quien respalda el valor cuantificable de esas anotaciones: son los bancos y entidades financieras, claro está. Pero ¿quién vigila a los bancos y entidades financieras? ¿Quién garantiza que los pagos y saldos anotados por los bancos no van a desaparecer? ¿Y quién asegura el valor de las monedas en las que se hacen las anotaciones en los sistemas financieros?

¿Tiene el mismo valor una anotación en una cuenta a la vista de un banco “sistémico” (los que tienen un volumen muy importante y no se les deja caer) que una anotación en una pequeña entidad de crédito al consumo?

No es lo mismo una cuenta en Euros en un banco que una cuenta en Bolívares venezolanos en una tienda de préstamos de la calle, desde luego. Y ambas monedas tienen detrás un Banco Central que las respalda.

Llegados a este punto solo me queda explicar que una criptomoneda (como el famoso Bitcoin) es una anotación en un medio electrónico (o también físico) respaldado por un sistema distribuido de copias de esas anotaciones encriptadas en los registros de muchísimos otros usuarios del conjunto de ordenadores de quienes usan esa criptomoneda. Las transacciones en criptomonedas no pueden, por tanto, ser alteradas dado que requeriría cambiar todas esas copias distribuidas.

Termino diciendo que las criptomonedas son formas de dinero muy nuevas, volátiles (que cambian rápidamente de valor), pero que no por ello van a dejar de crecer.

Usted, querido lector, las usará antes de que termine esta década. Estoy seguro. Dentro de dos años lo veremos.

Feliz Navidad y próspero y digital 2018.

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Publicado en Las Provincias el 17 de diciembre de 2017

http://www.lasprovincias.es/comunitat/opinion/dinero-digital-virtual-20171217002627-ntvo.html

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Vida digital y comercio

Vida digital y comercio

Disfrutamos (y sufrimos) una vida digital íntimamente interconectada con la vida presencial y “analógica”. Muy pocos cuestionan ya esa realidad.

Y esa vida digital ha llegado al comercio. Se siente, se percibe de una forma cada vez más intensa. Hay síntomas que nos lo señalan. Por ejemplo, hace unos días hemos escuchado al líder de la distribución en España, Juan Roig, afirmar que, ahora sí, ya cree y apuesta por la telecompra electrónica. Su empresa es la mayor de España con 79.000 empleados, un 25% de cuota de mercado en supermercados y una facturación total de 21.600 millones de euros. ¡Seguro que saben algo de comercio y de los cambios de tendencias en la compra en los últimos años!

En el mundo hay empresas comerciales que venden mucho y bien por vía digital: Amazon es el más importante. Es el líder mundial en comercio electrónico, tiene 542.000 empleados (más grande que 63 países) y factura 132.000 millones de euros, la mayor parte de ellos en venta electrónica. Amazon ha entrado en nuevos segmentos de productos en áreas geográficas concretas cambiando el mercado.  Como ejemplo de ello, el servicio Amazon Prime Now, que ya está presente en Madrid y Barcelona y se caracteriza por entregar diversos tipos de productos en casa en menos de dos horas, perecederos y no: alimentación y bebida, droguería, belleza, electrónica, deportes, juguetes, hogar, regalos entre otros.

Pero el comercio digital es mucho más que “tener una web para vender por Internet”. Este comercio se inició hace 50 años en USA, con la adopción del código de barras. A España llegó 10 años más tarde. Como anécdota decir que fue justamente en 1977 cuando una cajera valenciana de Mercadona pasó el primer producto por el lector de código de barras en un comercio.

A principio de los años 90 ya se podía comprar de forma electrónica en España: era con el sistema IBERTEX y a pesar de la extrema lentitud de las líneas telefónicas, funcionó muy bien varios años. En ese caso el pionero español fue el supermercado de El Corte Inglés: en mi familia lo utilizábamos.

El cambio exponencial

El comercio electrónico es España crece más de un 20% anual, partiendo de unas cifras que ya empiezan a ser notables (22.000 M€).

Hay segmentos de mercado con más venta electrónica que otros. En viajes y transportes las ventas representan ya más del 10%,  en prendas de vestir más del 7%, mientras que el segmento de alimentación es aún muy reducido, en torno al 1% del total.

Pero, la generalización del uso masivo de los smartphones, unida al cambio demográfico, con nuevas generaciones digitales con capacidad de compra y nuevos hábitos,  van a provocar un crecimiento exponencial.

La compra electrónica es una parte importante, pero no la única de la vida digital en el comercio. Desde la captación de tendencias, pasando por la creación e inducción de deseos y la detección de intereses, todas las fases previas a la compra están también reforzadas con aplicaciones del mundo digital.

La realización de la compra, en tiendas físicas o en la red, tiene mucho que ver con lo sencillo y rápido que resulte el proceso: la compra “sin fricción” es un objetivo que obsesiona a los especialistas de la venta.

Y luego viene el disfrute de la compra, la fase de soporte y atención al cliente, las opiniones y recomendaciones que se hagan en directo o en modo digital, que lleven a la repetición de la compra.

Todo ello también está favorecido por sistemas digitales (o perjudicado si los procesos, presenciales o digitales, no están bien diseñados o soportados).

Se habla mucho del “customer journey” (experiencia o “viaje” del cliente) para referirse a toda la interrelación del cliente con el producto o servicio que compra y disfruta. Y en ese viaje hay cientos de momentos digitales, a la vez que se generan miles de datos que permiten mejorar la experiencia y la venta.

La cadena digital

La presión digital llega a todos los eslabones de la cadena de producción y de distribución.

Los fabricantes son requeridos para personalizar más y más los productos. Las series de producción son más cortas y  las configuraciones se multiplican. Los embalajes y presentaciones del producto crecen hasta el infinito. Sean por ejemplo tornillos o grifos, ya no se hacen o embalan todos iguales: las cadenas de bricolaje o las tiendas especializadas tensionan la logística y la producción de los fabricantes.

La logística de transporte entre empresas, desde las fábricas a almacenes y tiendas, requiere gran flexibilidad y una capilaridad nunca antes imaginada.

Aparece todo tipo de campañas para promover el consumo. Acabamos de pasar el “día del soltero”: importado de China, que promociona el 11/11 y nos trata de hacer pensar en un día de buena suerte, y pronto vienen el “black Friday” (24/11) y el “cyber Monday” (27/11), éstos últimos importados de USA. En estas fechas se vende en algunas líneas de productos, más del 30% de las ventas todo el año.

En la cadena digital, cuando hemos comprado algo, estamos ansiosos por ver nuestro producto y no queremos esperar mucho para tenerlo en nuestras manos.

La tensión en la logística y empresas de transportes y paquetería para tratar de satisfacer los deseos del cliente solo se puede aliviar con una excelente estructura digital.

 Personas reales con conocimiento digital

Las aplicaciones digitales ayudan al comercio, en todas sus etapas y a todos sus protagonistas. Pero, lo más importante prevalece: los valores tradicionales de buen producto y buen servicio son más necesarios que nunca. Pero, en este nuevo mundo con una oferta digital tan inmediata, solo será posible permanecer si se está visible en el comercio digital. Es preciso que se usen las herramientas digitales a nuestro alcance.

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Artículo publicado en Las Provincias el 12 de noviembre de 2017

http://www.lasprovincias.es/comunitat/opinion/vida-digital-comercio-20171112235755-ntvo.html

 

Turismofilia digital

Turismofilia digital

El verano, época turística por excelencia, va acercándose a su fin. Éste de 2017 está siendo un tanto especial. Hemos sufrido acontecimientos dramáticos y arrastraremos hasta el inicio del otoño polémicas muy serias que llenarán de noticias y comentarios los titulares de los medios de comunicación y las redes sociales.

Entre todas las noticias se ha entrecruzado un debate sobre el turismo en España: unos que si es beneficioso y otros que si es perjudicial, según sus efectos, y según también quien lo califique.

Todos (bueno, casi todos) somos turistas o viajeros en algún momento de nuestra vida.  Como protagonistas hemos experimentado en muy poco tiempo cómo la información disponible y la oferta de servicios se han multiplicado gracias al mundo digital, abriéndonos un sinfín de posibilidades en cuanto a destinos, precios, flexibilidad y tipos de experiencias.

Nos inspira el descubrir nuevos lugares o, simplemente, el descansar en sitios de ensueño. Nos gusta soñar, disfrutar de nuestro ocio viajando.

Hay algo en la condición humana que nos impulsa a viajar. Desde que nuestros ancestros comenzaron a caminar erguidos y la mente humana alcanzó su desarrollo, somos capaces de organizarnos en grupos complejos, más allá de la manada, y proponernos el hacer desplazamientos en los que nos visualizamos en acciones y situaciones: estamos dotados del poder de la abstracción.

Planificar y comparar

Esa maravillosa mente humana se ha visto aumentada en sus posibilidades gracias al mundo digital. La inspiración previa al viaje podemos ahora acompañarla con un recorrido virtual por el lugar de destino.

También podemos nutrirnos de las experiencias y vivencias compartidas en la red por otros viajeros y lugareños que nos ayudan complementando y valorando las informaciones de guías y folletos turísticos.

Comparamos, visualizamos y planificamos, anticipando en cierta medida el disfrute.

También podemos optar por viajar sin previo descubrimiento, reservándonos la sorpresa. Pero incluso en esos casos conviene planificar un plan alternativo y una previsión ante situaciones de emergencia, que nos permitirá viajar de forma despreocupada.

Reservar y viajar

Una vez ya hemos decidido nuestro destino, comparado opciones y visualizado la futura experiencia viajera, llega el momento de reservar.

Los comparadores, guías digitales, blogs y mapas interactivos ya nos han sugerido, seguramente, opciones hosteleras y de transporte especialmente “pensadas” para nosotros. Porque, como seguramente habrá experimentado, querido lector, a veces parece que las redes nos adivinan el pensamiento. O incluso nos han “inoculado” el deseo irrefrenable de alojarnos en determinado establecimiento o de visitar una específica atracción.

Si lo pensamos, en realidad esa inspiración ha ocurrido siempre: los relatos viajeros novelados, las revistas de viajes, los documentales, las agencias de viajes y los anuncios han ido haciendo su trabajo y nosotros, de buen grado, nos hemos dejado seducir.

Y ahora, la seducción es digital, insistente, penetrante incluso. Y, si está bien hecha, los deseos los asumiremos como propios.

Llega el momento de viajar: lo digital nos acompaña en las reservas y tarjetas de embarque que, cada vez más personas no llegamos ni tan siquiera a imprimir, las llevamos en el móvil.

Si dejamos que las redes conozcan nuestra posición geográfica y hemos dado permiso a algunas aplicaciones para tener acceso a esa geolocalización, pronto veremos cómo en nuestro móvil aparecen mensajes y avisos de interés. La utilización de los medios digitales en la oferta turística encuentra posiciones encontradas. Frente a los entusiastas del uso de las posibilidades actuales están los operadores tradicionales (agencias de viajes, hoteles, taxis) que se quejan en algunos casos de competencia desleal.

Cabe preguntarse si alguno de esos agentes está demasiado establecido (anquilosado) y no atienden adecuadamente a las necesidades de los viajeros.

Yo pienso que Uber y Cabify no están para destruir al taxi, y que Airbnb no se ha creado para matar a los hoteles, sino para para dar un servicio diferente y complementario a otros viajeros que no usarían quizá estos servicios tradicionales. Si se hace bien, pueden hasta conseguir un turismo más democrático, sostenible y complementario.

Los esquemas de comportamiento han variado, y los agentes tradicionales pueden adaptarse a responder a los deseos del cliente, algunos afortunadamente ya lo hacen. Las autoridades pueden encauzar la oferta para que se mantenga, en todo momento, la seguridad y sostenibilidad. No es fácil conseguir satisfacer a todos cuando los cambios son tan rápidos.

 Compartir y revivir experiencias

Mientras viajamos podemos no renunciar, si queremos, a nuestra vida digital. Podemos acceder a nuestras redes y servicios.

En este sentido, el viajero “digital” considera cada vez más imprescindible la existencia de Wifi de calidad en su alojamiento: se ha vuelto exigente y quiere soporte para el Netflix, HBO, Filmin, Amazon-Video, Movistar+, etc.,   (hace falta una banda bien ancha) y que la latencia (el “ping”) esté al gusto de los “gamers”

Así, los servicios hoteleros podrán ser calificados como buenos o malos por los usuarios si responden o no estas exigencias del usuario digital: ¡atención hoteleros que en esos “detalles” se marcha el cliente a la competencia!

La credibilidad de los destinos y los establecimientos se juega en el wasap de los usuarios actuales. Y en redes como Instagram, Tripadvisor, Facebook, Booking, Google-Places: las opiniones se entremezclan con las informaciones de interés viajero.

Ya tenemos “digitofilia” y “turismofilia” como usuarios. De nosotros depende, también, que esas filias crezcan de forma sostenible para territorios y poblaciones. Y también de nosotros depende, con el buen uso de los medios digitales, de no caer en la “digitofobia” y “turismofobia”.

El turismo es la principal “industria” de España. Somos buenos en turismo, seamos digitalmente aún mejores.

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Artículo publicado en Las Provincias el 27 de agosto de 2017

http://www.lasprovincias.es/comunitat/opinion/turismofilia-digital-20170827003202-ntvo.html

Cosas que escuchan y hablan

Hace unos días leíamos en portada de LAS PROVINCIAS una inquietante noticia avisando que la policía puede grabar conversaciones desde los teléfonos móviles incluso estando éstos desconectados. LP portada Interior grabar conversaciones 30may16 La noticia, recogida también en muchos otros medios de comunicación, nos alertaba sobre la posibilidad real de que alguien, sin el debido soporte de la ley y los jueces, nos pudiera grabar en cualquier momento.

Por otra parte, leemos a menudo sobre los múltiples aparatos  presentes en nuestros hogares  y en sistemas que llevamos encima que están en permanente escucha: ordenadores con cámara y micrófono que pueden ser activados remotamente sin que el usuario lo permita o lo conozca, televisores inteligentes que escuchan posibles órdenes verbales del usuario y que están conectados a la red, donde pueden perfectamente subir las grabaciones, teléfonos avanzados con reconocedores de voz dotados de inteligencia artificial  (Siri en los iPhone, Cortana en Windows o Now en Google).

Y no sólo nos escuchan esos aparatos, de los que ya sospechamos que son “inteligentes”. Existen ya termostatos, frigoríficos, lavadoras y cocinas que escuchan y que, de una manera u otra, se conectan a la red donde suben las grabaciones para reconocer el contenido, traducirlo o producir una transacción.

Y por supuesto están los coches, que cada vez más también hablan, escuchan y están conectados a la red.

Estas tecnologías son referidas por los medios especializados con el término Internet de las Cosas (en inglés IoT = Internet of Things). Tecnologías que, unidas al “Big Data” (capacidad de analizar cantidades masivas de datos para encontrar secuencias o patrones de comportamiento con los que detectar eventos o predecir tendencias en tiempo real) constituyen un cóctel de potencia explosiva.

¿Dónde queda nuestra privacidad?

La respuesta a nuestras inquietudes sobre el respeto a la privacidad y protección de datos personales, más allá de lo que diga la legislación, es algo que “de facto” evoluciona con el tiempo.

Pensemos por ejemplo en cómo cambió la percepción de la privacidad cuando a finales del siglo XIX empezó a extenderse de forma masiva la prensa escrita (en 1895 el periódico diario de “Le Petit Journal” tenía una tirada impresa de ¡dos millones de ejemplares!). Esta difusión masiva, unida a la extensión de las hemerotecas y documentalistas, trajo una mayor transparencia a la vida social y una pérdida de privacidad.LP Cosas que escuchan y hablan Imagen

Más de un siglo después, con la masiva extensión de Internet en móviles inteligentes con cámaras y con geoposicionamiento, los temores a la pérdida de privacidad que a buen seguro habría a finales del siglo XIX se han convertido en una minucia.

Porque además, si a la información obtenida de todos estos equipos mencionados, que pueden escuchar y grabar sin control del usuario, le unimos la información obtenida con los dispositivos “ponibles” (wearables) que registran y transmiten a la red constantes vitales y parámetros de salud, tenemos servido un cóctel explosivo anunciado.

Y muy especialmente si esa información cae en manos de “los malos”.

La preocupación está fundamentada. Y las grandes compañías reaccionan: el reciente nombramiento por parte del nuevo presidente de Telefónica, José María Álvarez Pallete del “hacker” Chema Alonso como máximo director ejecutivo de Datos masivos y seguridad es un hecho que invita a la reflexión.

Comodidad versus privacidad

Nuestra privacidad siempre ha estado expuesta, y a menudo lo consideramos como un hecho positivo. A muchos nos molesta que, si en un momento determinado se nos ocurre hacer una búsqueda en Internet, por ejemplo de hoteles o billetes de avión para un viaje, durante semanas, o incluso durante meses, nos aparecen por todos los sitios anuncios relacionados con ese posible destino.

Sin embargo, cuando visitamos físicamente nuestra tienda favorita del barrio, digamos que una frutería de las de “toda la vida”, nos agrada que el tendero nos ofrezca la fruta favorita de nuestra familia porque ese día está a buen precio o en excelente punto de sabor. No nos molesta incluso, que si alguna vez hemos comentado en la tienda sobre algún hecho familiar (feliz o triste), nuestro tendero se interese por la evolución del mismo.

Esa misma personalización de la relación comercial-personal se ha trasladado de forma masiva al entorno digital. El problema surge cuando algunas webs o aplicaciones lo hacen de forma excesivamente intrusiva o abrupta.

Relájese y sea bueno

Querido lector, si usted quiere ser malo, si quiere hacer cosas malas, es mejor que no se conecte nunca a Internet, que no use un teléfono móvil o se acerque a alguien que lo tiene. No camine por un centro comercial o se detenga delante de un escaparate.

Casi mejor no camine por la calle en absoluto. Y en casa olvídese del teléfono, de la red eléctrica, de la del gas y del suministro de agua. Para mayor privacidad no coma, ni beba. Más aún, no respire y por supuesto, no piense.

Pero claro, así no se puede vivir. Relajémonos y actuemos con prudencia en la cesión consciente de nuestros datos. No olvidemos que no hay nada gratis: o lo pagamos con dinero o con un trozo de privacidad.

Pero sobre todo y para mayor seguridad: sea bueno. Feliz semana.

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Artículo publicado en Las Provincias el domingo 12 de junio de 2016

LP Cosas que escuchan y hablan

Leyendo nuestras mentes

Vivimos tiempos cambiantes. No sólo por los estimulantes cambios en la jefatura del Estado en España, sino por el acelerado influjo de la tecnología en nuestras vidas.

Vivir con inquietud y temor no es saludable, y algunas personas de mi entorno me inquieren con dudas razonables sobre la pérdida de privacidad y los accesos a nuestra vida por parte de extraños.

Intentaré en este espacio aclarar algunos conceptos y tranquilizar a los lectores. Aunque, bien pensado, igual alguna cosa les inquieta aún más.

Nada nuevo bajo el sol 

Comencemos repasando que la exposición de nuestra vida privada al conocimiento público no es nada nuevo. Por no LP Leyendo mentes imagenremitirnos a las cavernas, recordemos que “desde siempre” nos ha agradado que nuestro “tendero habitual” conociera nuestros gustos y compras habituales y se anticipara a nuestras peticiones sirviéndonos antes incluso de haber hecho una comanda en un bar o haber solicitado algo en un ultramarinos.

Avancemos en el tiempo y recordemos las “tarjetas de fidelización” que nos hacen regalos acumulando puntos. O esas “misteriosas” preguntas de nuestro código postal cuando compramos algo con una tarjeta de crédito.

Hace décadas que existe el “data mining”, literalmente “minería de datos”. Nuestros operadores de tarjetas de crédito y bancos hace años que usan la información que generamos con nuestras compras para ofrecernos otros servicios propios y de terceros.

El análisis masivo de datos produce situaciones curiosas como la de los almacenes Target en los USA que hace un par de años “adivinaron” que una adolescente estaba embarazada, antes de que sus padres lo supieran. En función de un patrón de compras de determinados productos cosméticos, comenzaron a enviarle ofertas de artículos para embarazadas y madres primerizas a su domicilio. El padre se quejó enojado a los almacenes por el “error”, para tener que descubrir semanas más tarde que quien estaba en un error era él mismo.

Otro caso ilustrativo es el que ha puesto de manifiesto el ciudadano alemán Malte Spitz. Tras una batalla legal logró que su operadora de móvil le facilitara copia de los datos recogidos sobre él en los archivos técnicos y comerciales. Una vez obtenidos nada menos que 35.850 registros de sus movimientos en medio año, los puso a disposición pública en la web. Busque “Zeit Malte Spitz” y asómbrese.

Pero no hay problema. Incluso la canciller alemana Angela Merkel es espiada en sus conversaciones con otros mandatarios y ese escándalo apenas provoca una tímida queja.

No hay delito, y esto se acelera

Hemos conocido esta semana que la Fiscalía contra la “criminalidad informática” de España ha determinado que, a pesar de ser un hecho probado que la NSA, los servicios de espionaje de USA, han espiado millones de llamadas telefónicas en España, esos hechos no son delito. Tranquilos pues.

Lo del espionaje, al alcance únicamente de las superpotencias, es casi una broma. Aunque no lo es tanto cuando a alguno le retienen en una frontera porque el sistema ha detectado en nuestro patrón de comunicaciones semi-públicas una cierta hostilidad hacia un estado concreto. OJO al tema, porque esto ya está pasando.

La disponibilidad masiva de datos se multiplica exponencialmente. Desde este espacio hemos escrito en otras ocasiones sobre “big data” (datos “a lo bestia”), sobre “Internet de las cosas” (sensores por todos sitios recogiendo información de todo tipo) y de “tecnología ponible” (wearable) que llevaremos pegada a nuestro cuerpo, más aún de lo que ya llevamos ahora nuestros “smartphones”.

Otra situación reciente son las constantes preguntas que recibimos al navegar en Internet para que aceptemos la nueva política de “cookies”. Una legislación reciente obliga a las webs que recogen y comparten datos de nuestro comportamiento al navegar a que nos pidan nuestro consentimiento para hacerlo. Querido lector ¿ha leído y entendido lo que le preguntan antes de seguir navegando?… Pues eso.

Si quiere verdaderamente inquietarse visualice el video sarcástico del juego en la web datadealer.com sobre el comercio masivo de datos privados.

No hay donde esconderse, sea bueno

La filósofa y escritora Elsa Punset nos tranquiliza sobre la hiperconectividad moderna y nos anima a desarrollar nuestra “inteligencia social”. Vamos a ser más transparentes, lo estamos siendo ya, afirmó hace unas semanas en su conferencia en Valencia.

Quien actúe de forma oscura, maliciosa, tarde o pronto será descubierto. Eso deseamos la gente de bien.

Pero aunque seamos buenos, a nadie nos gusta que nuestra intimidad se exponga en lugares indebidos. Seamos prudentes por tanto y evitemos registrar en el mismo sitio, en el mismo proveedor de servicios, toda nuestra información. Y lo que no queramos que se sepa, casi mejor que ni tan siquiera lo pensemos.

Van a leer nuestras mentes. Adivinando, o incluso induciendo, nuestros comportamientos. De momento recogiendo y analizando datos para personalizar los mensajes que recibimos. Y en el futuro próximo, interactuando directamente con nuestro cerebro.

No es que vayamos hacia el  “Mundo feliz” de Orwell, es algo más sutil, y quizá más efectivo. Pero de nuevo, no se asuste, no se preocupe. Ocúpese y sea consciente, adapte sus comportamientos sociales a la nueva realidad y exija que las leyes y su aplicación se adapten también con auditabilidad y transparencia.

La vida digital se apodera de todo. El conflicto de los taxis con la aplicación Uber es un ejemplo de una punta del iceberg. De nada sirve esconder la cabeza como un avestruz. Seamos conscientes y juiciosamente prudentes en aprovechar y gestionar los nuevos entornos.

Desde este espacio he intentado aportar un poco de luz a este empeño. Feliz semana.

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Artículo publicado en Las Provincias el domingo 22 junio 2014

LP leyendo mentes